116.- LEJOS
Hace años que vivo lejos de casa. No veo otro mar que el de los tejados rojos perdiéndose en el infinito, ni otra tierra que aquella amarillenta y yerma, que contagia las calles inhóspitas de las casas de la vieja ciudad impregnándolas de ese aire seco y duro.
De vez en cuando vuelvo y me pierdo en el viejo puerto, sentado en el borde del embarcadero, soñando que me dejo caer a las oscuras aguas de la noche sin atreverme. Mirando sin tener que ver nada. Me pierdo entre las calles del centro por donde regreso a casa pisando mis pasos de niño, dejándome llevar por ellos con esa serenidad que sólo conceden los años.
Y cuando termino de subir por aquella leve cuesta, puedo tocarme la frente y sentir el sudor en ella, y el frío en mis brazos levemente húmedos. Y ya sólo puedo pensar en cuándo volveré.
Hace años que vivo lejos de casa. No veo otro mar que el de los tejados rojos perdiéndose en el infinito, ni otra tierra que aquella amarillenta y yerma, que contagia las calles inhóspitas de las casas de la vieja ciudad impregnándolas de ese aire seco y duro.
De vez en cuando vuelvo y me pierdo en el viejo puerto, sentado en el borde del embarcadero, soñando que me dejo caer a las oscuras aguas de la noche sin atreverme. Mirando sin tener que ver nada. Me pierdo entre las calles del centro por donde regreso a casa pisando mis pasos de niño, dejándome llevar por ellos con esa serenidad que sólo conceden los años.
Y cuando termino de subir por aquella leve cuesta, puedo tocarme la frente y sentir el sudor en ella, y el frío en mis brazos levemente húmedos. Y ya sólo puedo pensar en cuándo volveré.
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